No dejes que te borren el nombre

Toledo
Lectura
Hoy quiero compartir contigo una reflexión, aprovechando nuevamente el espacio que me cede gentilmente ABC Toledo, con el objetivo de no dejar de indagar en los códigos que rigen nuestro sistema como
sociedad, y ya de paso, por qué no decirlo, alejarnos un poquito de las recurrentes noticias sobre esta pandemia que nos atenaza cada día. Me alegro mucho de volver a encontrarte, y que nos podamos sumergir en otros temas que, nos hagan cuestionarnos de una manera constructiva, la realidad en la que vivimos. Quizás, sin darme cuenta, ya he mencionado un concepto que bien merece una reflexión. No sé si alguna vez te has parado a pensar en ello. ¿Qué entendemos por realidad?, ¿por qué nos empeñamos en seguir nombrando este concepto en singular, cuando podemos pensar que estamos inmersos en múltiples realidades?. Quizás nos aferramos a un término en singular, queriendo delimitar algo infinito, que abarca a cada uno de nosotros, en la idea de que hay tantas realidades como personas, entendiendo que cada individuo convive con el resto en unas condiciones particulares, marcado por el hecho de ser único en este universo de diversidad. Resulta curioso pensar, que no existen dos huellas dactilares semejantes, entre miles de millones de personas en el mundo. Son datos que todos conocemos y aceptamos bajo el rigor de la ciencia. Sin embargo, todavía nos cuesta aceptar el valor de la diversidad, o asumir que somos un conjunto de realidades, conformadas por la suma de individuos diferentes, sometidos a unas mismas reglas marcadas por el sistema de convivencia, en el que a cada uno de nosotros nos ha tocado vivir. Este sistema de reglas no es unitario en todo el mundo, hay muchos diferentes. He tenido la suerte de viajar y observar los códigos de distintos tipos de sociedades, algunas muy cercanas y a la vez tan distantes, en relación, por ejemplo, a la forma de entender la inclusión de personas con discapacidad. En Grecia, en el año 2008, cuando salía a dar un paseo con un joven con discapacidad que residía en un centro de educación especial, las personas con las que me cruzaba me daban dinero, con el ánimo de expresar su gratitud a mi gran labor, entendiendo que mi acción era entendida como algo loable, digno de ese reconocimiento. Lejos del valor anecdótico de este hecho, me sirvió para entender que nos movemos en distintos modelos sociales, o, dicho de otro modo, diferentes formas de entender nuestras sociedades, o como venimos argumentando, distintas formas de interpretar esa realidad en singular que mencionábamos hace un instante. Quizás esa tendencia de intentar controlarlo todo, ha sido la culpable de hablar de realidad en singular, en lugar de abordar este concepto desde el plural. Nuestra especie, homo sapiens, ha generado la habilidad de querer designarlo todo, asumiendo incluso que dicha designación puede dar lugar a sesgos, muchos de ellos con consecuencias negativas que marcarán la vida de muchos de nuestros semejantes. Las etiquetas han sido nuestras grandes herramientas, en este ejercicio de control sobre lo desconocido, aun a sabiendas que éstas condicionarían nuestra forma de pensar y, por consiguiente, de comportarnos. Además, dichas etiquetas han dado lugar a los estereotipos, siendo éstos aún más limitantes. Resulta asombroso comprobar cómo estamos totalmente alienados por ellos, reduciendo y limitando nuestra forma de entender nuestra realidad. Por ejemplo, si te digo que pienses y describas una persona cuya ideología política se identifique con la derecha, seguro que lo harías destacando una imagen cuidada, conservadora, de buena apariencia y, si me apuras, en el caso de que imagines un hombre, dirías que va escrupulosamente afeitado. Sin embargo, si hacemos el mismo ejercicio pensando en alguien de tendencia de izquierdas, lo imaginarás con un aspecto totalmente diferente. Es como si no nos entrara en la cabeza que, estos factores totalmente superficiales, no designan algo tan íntimo como una ideología. Lo peligroso de todo esto surge cuando, el estereotipo se convierte en un prejuicio, entendido este como la «opinión preconcebida, generalmente negativa, hacia algo o alguien». Y más grave aún es, cuando el individuo o la persona se identifica con este prejuicio. Esto es lo que ocurre cuando todo el mundo te interpreta desde una etiqueta, que se convirtió en un estereotipo, y que finalmente pudo crear prejuicios. Lo vivo diariamente, cuando veo como muchos jóvenes luchan cada día por escapar de la palabra «discapacidad». Quizás esto ocurre, porque finalmente dicho término llegó a la categoría de estereotipo, y finalmente mutó hasta llegar al valor de prejuicio. Si hiciéramos un estudio de campo, y preguntáramos a nuestros vecinos, que palabra asociarían al concepto de discapacidad, estoy convencido de que la inmensa mayoría de ellos, lo harían con palabras como «enfermedad», «retraso», «problema», «deficiencia», u otras todavía más malsonantes y negativas. Ninguno quisiéramos identificarnos bajo esta etiqueta, entendida de esta forma, ¿verdad?. Hace un par de años, conocí a una joven que consiguió que me reafirmara en esta forma de pensar. Me tomo la libertad de poder decir su nombre. Se trata de Laura, tenía veinte años cuando la conocí. Natural de la localidad de Mora y la mayor de dos hermanas, tuve el placer de conocerla cuando su familia recurrió a Cecap, buscando apoyo para poder controlar problemas graves de conducta. Sus padres me dieron la confianza para conocerlos desde la cercanía, entrando en su casa y compartiendo muchos momentos, que fueron clave para entender e interpretar todo lo que podía estar ocurriendo. Cuando uno entra en esta realidad, se encuentra inmerso en etiquetas y diagnósticos, que aparecen como luces en la sombra, dando a entender que gracias a ellos podemos conocer lo que ocurre en la persona, en este caso en Laura. Tanto la familia, como su entorno entendía e interpretaba a esta joven, desde estas etiquetas, sin darse cuenta de que, en su esquema mental, éstas eran asociadas a prejuicios, que influían en su forma de vivir a su hija mayor. Lo más asombroso es que, ella misma, nuestra Laura no se entendía ni interpretaba bajo estas etiquetas. Sin lenguaje nos quería decir que, nada tenía que ver con «problema», «deficiencia», «retraso», «lesiones». Gritaba cada día, por hacernos entender que por encima de todo esto, ella era una joven deseosa de vida, deseando sentirse libre como cualquier persona de su edad. Veía, en los ojos de los demás, esa forma negativa de entenderla, y eso era finalmente uno de los motivos por los que ella desarrollaba esta conducta tan autolesiva. Aún me emociono al pensar en su lucha interior, en su valor por querer defender su nombre, su condición individual, por encima de etiquetas. Su gran éxito ha sido no rendirse. Hoy en día, estas conductas han remitido de una forma asombrosa, pero el gran cambio no lo ha provocado una terapia maravillosa o un fármaco infalible, sino la metamorfosis de su entorno al conseguir interpretarla y vivirla desde lo que es, una joven maravillosa y algo presumida, como bien marca su edad. Para muchas culturas indígenas, nuestros nombres tienen un valor ancestral. Son la forma de conexión con nuestros ancestros, aquellos que nos guían y nos protegen. Son la forma de entendernos y nos servirán en un futuro para lidiar con las exigencias a las que nos enfrentemos en el día a día. Nuestros nombres, son mucho más que la forma bonita de llamarnos unos a otros. Son nuestra identidad. No dejes que ninguna etiqueta te lo borre. Gracias por tu tiempo, querido amigo o amiga. Nos seguimos viendo, detrás de estas humildes líneas. Mientras tanto, no te hagas una imagen equivocada de mí, seguramente seré todo lo contrario a aquello que piensas. Cuídate.

FUENTE DIARIO ABC:

https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-andres-martinez-medina-no-dejes-borren-nombre-202009141422_noticia.html

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