La temeridad y el miedo

Toledo
Lectura
Avanzamos en la nueva normalidad. Atrás quedaron los meses de confinamiento ante la pegada mortal de ese enemigo invisible que sigue entre nosotros y que seguirá hasta, como todos sabemos, no haya
un tratamiento o una vacuna. Mientras tanto, tendremos que convivir con los rebrotes, fruto de la temeridad de una minoría y con el miedo de la gran mayoría a ese enemigo, ya dije, de un tamaño aproximado entre 80 y 220 nanómetro de diámetro. Y es que las pandemias han matado a más personas que las guerras. Y, por otro lado, el miedo a lo desconocido siempre nos ha atemorizado y las enfermedades lo han sido, esencia del miedo, históricamente. La temeridad es irreflexión, atrevimiento y sobre todo imprudencia. Miguel de Cervantes sentencio: la valentía que no se funda sobre la base de la prudencia es temeridad. Y una parte -generalizar no es justo- de la juventud de este país, y no es el único, lo demuestra. La temeridad acompaña a la juventud, como acompaña la prudencia a la vejez, dejo dicho Cicerón. Y lo que es más preocupante -e injusto- la vuelta de esta temeraria juventud, después de perpetrada su «hazaña», al hogar familiar donde, en muchos casos, les esperan grupos de riesgo: ancianos o padres con patologías que son del gusto del virus. Si no sirven, o no pueden, independizarse que no sean tan «valientes» para poner en serio peligro la vida de los suyos. Esos que tienen que ir a trabajar todos los días para como siempre ocurre levantar, una vez más, el país. Y me refiero a los del mono azul, los que penden de un andamio, los que están detrás de un mostrador, los que empujan una cama de hospital, los que recogen la basura, los que en definitiva no fallan un día tras otro con frecuencia mal pagados, explotados, son lentejas, pero que como he dicho son el aceite para que el engranaje del país funcione a pleno rendimiento. Y lo hacen con miedo. Cierto y real. El miedo es natural en el prudente, dijo Alonso de Ercilla. Pero el miedo también se respira en las calles, en el transporte público, en los bares, en las oficinas, en la cotidianeidad. Las ciudades no parecen las mismas, han perdido alegría, vitalidad y si me apuran encanto. Hay un proverbio castellano que dice que el miedo es libre. Pero no en la actualidad y eso que siempre me gustó el refranero. No sé cuándo podremos volver a la verdadera normalidad, la única, pero me temo que mientras tanto el miedo nos acompañará. Quizás sólo se trate de que a pesar del agobio que provoca no termine por vencernos. Porque nos debilitará ante el virus. Se trata de que el miedo nos mantenga en alerta y nos haga prudentes y solidarios. Y a los temerarios recordarles para finalizar, por si les sirve de algo, las palabras del gran Pedro Calderón de la Barca: El valor es hijo de la prudencia, no de la temeridad. O las de Quevedo: Mala cosa cuando se representa la temeridad con rostro de valentía y la cordura con rostro de cobardía. Aunque me pregunto, que me perdonen si no es así, si conocerán a los clásicos que he citado la juventud del botellón, la juventud sin mascarilla y sin miedo. No lo sé. Pero de todas fomas no es lo más importante. Puede que si se hacen unos anuncios de publicidad de las ucis y todo lo que lleva consigo y se emiten con insistenciales abra los ojos. No haya nada como ver que, en este caso, ese es el miedo del que hablo. La emoción más antigua de la humanidad. Acabo este articulo cuando algunas comunidades cierran el ocio nocturno o exigen que se identifique, con número de teléfono incluido, a ciertas horas y en ciertos lugares a los de copa en mano y cerebro embrutecido por el alcohol. Se lo han ganado a pulso. También recojo el mensaje de los medios de comunicación que insisten: el turismo sigue estando herido de muerte producto de los rebrotes que no cesan. Y no quiero repetirme.

FUENTE DIARIO ABC:

https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-jesus-maroto-temeridad-y-miedo-202007281139_noticia.html

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