Gemidos de dolor y hospitales colapsados: el drama de un anciano enfermo en la noche de Caracas

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Una noche de domingo en una urbanización ex clase media de Caracas. Durante largos minutos, los quejidos y lamentos de un hombre entrado en años se escuchan a

casi 100 metros a la redonda. Por alguna razón, viene a la porosa memoria el título, o algo parecido, de un cuento leído hará más de 20 años: “Perros apaleados”.

El recuerdo no era riguroso: en realidad se llama “El gemido de los perros apaleados“, y en efecto es un cuento de terror, de Harlam Ellison, inspirado en el indiferente asesinato de una mujer en Nueva York, en 1964. El caso real inspiró además múltiples estudios de psicología social sobre “el efecto espectador”, según el cual es menos probable que muchos intervengan durante una emergencia cuando hay otros testigos en la zona, y todos creen que alguien más va a hacer algo.

Pero ninguna de esas digresiones de Google estaba presente esa noche, solo los gritos de un hombre clamando a Dios, sin pedir ayuda a los mortales. Los gemidos provenían de una de las tantas casas vecinas, semi abandonadas porque sus antiguos habitantes se fueron del país, o porque no se pueden alquilar sin miedo a perderlas, o porque están bajo algún tipo de litigio.

En una de esas casas vive el señor Joaquín, de 77 años, y quien padecía –la confirmación vendría muchas horas después-, un severo cólico nefrítico, uno de los peores dolores físicos, descrito por pacientes como peor que un parto en la escala de dolor clínicamente medible.

Una mujer acompaña a un familiar en un hospital de oncología en Caracas, días atrás. La pandemia de coronavirus colapsó a los hospitales. Foto: AP

Una mujer acompaña a un familiar en un hospital de oncología en Caracas, días atrás. La pandemia de coronavirus colapsó a los hospitales. Foto: AP

Se produce por la obstrucción de las vías urinarias a causa de una listiasis (piedra o cálculo). Ese dolor se irradia por la zona lumbar, por los pulmones, la espalda, el abdomen todo, que queda endurecido como la misma piedra. Se sufre una angustiosa necesidad insatisfecha de orinar, y cuando se logra drenar algún chorrito, es como fuego líquido. Vómitos y náuseas acompañan el cuadro.

Es una dolencia relativamente común, y los episodios agudos pueden ser tratados en poco tiempo con analgésicos, algún suero intravenoso y un tratamiento posterior en casa hasta lograr que la piedra o la arena sean expulsadas con la orina.

Ruleta contra la muerte

Pero estamos en Caracas, y la furia del dolor del señor Joaquín no daba indicios de ninguna tregua. Solamente un joven vigilante de la cuadra se acerca a la casa a saber qué estaba pasando. Sacamos al anciano para llevarlo a emergencias, eran cerca de las 11 de la noche. Entonces comenzó un angustioso recorrido de cuatro horas, dando tumbos de hospital en hospital público, buscando un médico, un examen, un analgésico, la certeza de un diagnóstico y algún humanitario alivio.

“Hay gente que se muere del dolor, se angustia, se desespera y le da un infarto”, comentaría horas más tarde una trabajadora de salud en uno de los hospitales visitados en esa lucha contra reloj.

Los hospitales de Caracas, devastados desde hace años, sufren aún más por la pandemia de Covid-19. Foto: AP

Los hospitales de Caracas, devastados desde hace años, sufren aún más por la pandemia de Covid-19. Foto: AP

Escuchar durante cuatro horas a una persona mayor quejándose de dolor, rogando a Dios y a su mamá -ya hace tiempo convertida en cenizas- puede llevar al desespero. No poder hacer nada de inmediato en medio de una emergencia es frustrante… es como andar en círculos perdidos en un desierto.

Caracas es una ciudad oscura y solitaria, donde en la noche no se encuentra a un civil en las calles ni para pedirle una dirección.

El señor Joaquín se quejaba en el asiento de atrás, intentaba reclinarse, acostarse, contraía las piernas, pedía detener el carro para intentar caminar… En el puesto del copiloto iba Antonio, su hermano mayor, quien trataba de consolarlo y hacer que se calmara. Hablaba también con voz queda, acento oriental y con ese tono resignado y paciente que tienen los ancianos encomendados a Dios.

Primera parada

La primera parada fue el hospital Vargas, en el centro norte de Caracas. Es uno de los hospitales de referencia del país, del Seguro Social. En el corredor de la entrada de emergencias, en el piso de la acera, duerme una niña pálida, envuelta en suéteres y cobijas caseras. A su lado, su mamá rige un improvisado campamento como de indigentes y conversa con otra mujer que también espera.

Al menos cuatro guardias civiles de seguridad están apostados en las puertas, usan chaquetas negras, son malencarados, parecen cancerberos guardando las puertas del paraíso chavista.

Uno de ellos dice que se puede pasar, que baje al enfermo del carro y que adentro hay una doctora recibiendo emergencias. Joaquín puede caminar todavía y entra, quejándose y doblado como un garabato, pero nadie lo mira… En la sala pequeña, hay una mujer muy vieja y delgada, sola e inquieta, al lado está un hombre joven, con su mujer absolutamente desmayada sentada en las piernas.

La indiferencia de estos guardias y paramédicos puede ser más desconcertante que la de unos vecinos asustados. Recordé a esos soldados y médicos de las películas, que desgastados por el horror de las batallas no se conmueven ante una hemorragia.

El marido ruega atención, conversa con una doctora menudita que tiene el apacible acento de algún país andino. Le dice que no tienen otro sitio a donde ir, que ella se llama Andreína y ya lleva mucho rato desmayada por completo, que al menos la examinen o le hagan algo para que no se muera.

La doctora le vuelve a explicar que se la lleve de ahí, que no pueden hacer nada porque la mujer está inconsciente y habría que hacerle una tomografía antes de tratarla, pero en el hospital no hay aparatos para tomografía.

La conversación se extiende, el hombre explica que la muchacha es madre de un bebé de cuatro meses, que no pueden irse, que la atiendan, o entonces que le den un informe de por qué no la atienden…entrega la cédula de la mujer y la doctora de pasos cortos se pierde por una oficina.

Una señora uniformada con el traje caqui de combate de los milicianos chavistas se levanta de un asiento y le ofrece a la paciente desmayada alcohol para inhalar. “¡Andreína! ¡Andreína!, despiértate”, dice el marido dándole palmaditas en el rostro a la paciente.

Pero Andreína es un peso muerto, como una muñeca sin coyunturas y el esposo lucha por mantenerla sentada, o reclinada en las sillas. Le arregla la blusa de rayitas, le echa hacia atrás el pelo largo… Al lado, Joaquín gime en silencio, mientras la señora del pijama rosado murmura algo contra el marido de Andreína, al cual ni conoce.

Al poco rato reaparece la doctora y la siguen un par de enfermeros, comienzan a ponerle una vía y un suero a Andreína, en su misma silla… se ha producido un pequeño milagro.

Suspenso en cirugía

Es la oportunidad para Joaquín. La doctora le da parte de su atención. Le explicamos los síntomas, lo que tiene y lo que no tiene. La doctora dice que no hay camilla para examinarlo, ni siquiera aparato para medirle la tensión arterial. Pero consigue un oxímetro digital y confirma que no es coronavirus, porque la saturación de oxigeno está normal, en 98…. Lo ausculta con su estetoscopio, escucha los viejos pulmones, le da unos golpecitos en la espalda.

“Hay que verlo en Cirugía”, vaya por aquél pasillo y pregunte, para que vengan a verlo, dice al concordar sobre los síntomas de una posible obstrucción intestinal, tal vez una apendicitis.

El coronavirus parece estar flotando en el ambiente. Un poco más allá, en otras sillas, hay otros tres pacientes de la enfermedad respiratoria para la cual Venezuela ya tenía uno de los sistemas sanitarios menos preparados en América.

Una imagen del fallecido presidente Hugo Chávez, en la entrada de un hospital en Caracas, Venezuela. Foto: BLOOMBERG

Una imagen del fallecido presidente Hugo Chávez, en la entrada de un hospital en Caracas, Venezuela. Foto: BLOOMBERG

En una de las paredes tapizadas de propaganda del gobierno socialista, una enorme foto con la sonrisa socarrona y afilada de Hugo Chávez parece contemplar a una mujer que ha sido instalada en una sala de espera, recibiendo suero por vía intravenosa. A su lado, su marido tiene la cabeza metida en la pantalla del teléfono. Afiches de Maduro hablan de una supuesta revolución de la salud y del bienestar del pueblo. Más adentro están aislados los enfermos graves del coronavirus.

En el departamento de Cirugía no hay nadie.

Joaquín ahora está más calmado. ”Vámonos chico, que aquí no me va a atender”, dice y se levanta con dificultad.

“Ya ese hombre está fino (bien)», dice un guardia de chaqueta negra con pinta de escolta.

Nos cruzamos con una pareja que se baja de una motocicleta, la joven mujer tiene una respiración entrecortada y sonora, como sacudida por un ataque de asma.

Las entradas de emergencia de estos hospitales parecen confirmar denuncias de que los números oficiales que ofrece el régimen de Maduro están desfasados ante una epidemia que ni siquiera ha tocado su pico de expansión.

Corta tregua

Pero la tregua para Joaquín dura poco. Otra vez en el automóvil comienzan los dolores a tres cuadras del hospital. Vuelven los gritos de dolor, quiere vomitar, orinar, pide detener el carro. Más adelante nos paramos cerca de un puesto callejero de policías y Joaquín camina un poco.

La pareja de policías se acerca pistola en mano y su primera reacción es ordenar que salgamos del vehículo. Ya Joaquin estaba sentado en la acera. Les explico a los policías que ando con una emergencia, mientras atiendo la llamada de alguien que trabaja en un hospital ambulatorio del oeste de la ciudad y que tal vez pueda ayudarnos a saber a dónde ir.

Ahora los policías conmovidos explican que más adelante hay abierto un CDI, como llaman en Venezuela los dispensarios manejados por médicos cubanos y hoy también dedicados a enfermos de covid-19. En la noche de La Candelaria, en el centro de Caracas, todo está oscuro y cerrado, no damos con el dispensario y entonces atendemos el otro consejo de ir al Clínico Universitario, a unos cinco kilómetros de distancia.

La policía custodia las calles de Caracas para controlar el cumplimiento de las restricciones por el coronavirus, en una imagen de agosto. Foto: AP

La policía custodia las calles de Caracas para controlar el cumplimiento de las restricciones por el coronavirus, en una imagen de agosto. Foto: AP

En la tenebrosa Universidad Central, la emergencia del Clínico parece un islote iluminado. Tres vigilantes en la puerta dicen que solo se atienden a enfermos de coronavirus y que es mejor no entrar… les explicamos el caso, Joaquín ha salido del carro e intenta orinar por ahí. Su hermano sigue sentadito en el puesto del copiloto.

Alguien nos advierte que mejor nos alejemos, que hay unos 20 pacientes internados con coronavirus y que siquiera pasemos de la primera recepción, mucho menos hacia los pasillos donde están los aislados.

Consuelo en la trinchera

Me dejan entrar. Un médico providencial y evidentemente cansado escucha en el área de emergencia, le explico la situación de Joaquín. “Mejor que ni entre, usted tampoco debería estar aquí. Déjeme verlo allá afuera”. Salimos y el señor Joaquín ahora está recostado de la camioneta, lo acostamos en la plataforma del vehículo de carga y ahí mismo el doctor le hace un primer reconocimiento.

Joaquín exclama más fuerte cuando lo tocan.

“Vamos a entrar”, dice el médico. El hombre enfermo logra caminar y pide un baño… pero no puede orinar. Le conseguimos una camilla para que se recueste. En la paranoia higiénica le pasamos una toallita desinfectante a la camilla, a las manos del viejo, a la silla de al lado… le ofrezco toallitas al médico, que las acepta gustoso. Recuerdo las películas de guerra, cuando se compartían cigarros y fósforos para quebrar el hielo de los primeros encuentros en una zona de conflicto.

El médico diagnostica el cólico nefrítico, escribe la receta en un pedazo de papel reciclado. Pero hay un detalle: todas las enfermeras están ocupadas atendiendo pacientes de coronavirus y además hay que conseguir el calmante. Habrá que esperar dos o tres horas hasta que terminen su ronda, se bañen, se desinfecten, se cambien para que puedan acercarse a esa área de admisión y tratar a este paciente atravesado por la fatalidad de un dolor indescriptible.

“No queremos que se contagien, este señor es una persona de alto riesgo. No es bueno que estén aquí todo ese tiempo, mejor te lo llevas al Ipasme, allá hay gente atendiendo las 24 horas”, recomienda el médico.

Perdidos en la noche

Salimos de la sala de emergencia. Han llegado dos sobrinos de Joaquín a hacerse cargo y cuidar al hombre.

Nunca hubiera pensado que una instalación del Instituto de Previsión del Ministerio de Educación (Ipasme) atendieran gente un domingo por la noche. Vamos hasta allá, al centro de Caracas otra vez.

“Pero no sé si llego, casi no tengo gasolina, estoy en la reserva”, dice el sobrino mayor. Entonces seguimos en la ruleta de la noche.

En el camino, el sobrino logra un contacto para que atiendan al paciente en el hospital José Gregorio Hernández, también en el centro, tiene una buena palanca. Vamos hasta una oscura puerta de rejas, donde un vigilante dice que no se puede entrar de ningún modo, que además ahí solo están atendiendo casos de coronavirus.

Un hombre joven en una motocicleta está acompañado de su mujer… dice que si a nosotros nos dejan entrar a ellos también, que tiene tiempo esperando, que apenas le consiguieron dos litros de gasolina prestados, que siente un dolor en el brazo y en la cabeza y no puede ir a ningún otro sitio.

Unos 20 minutos después está claro que no dejarán entrar a nadie. Las palancas de los sobrinos no han movido ni un bloque. Pero alguien logra explicarnos con claridad donde queda la prometida sede del Ipasme en La Hoyada, centro de Caracas. Joaquín sigue gimiendo fuerte y gritando con esa voz como ahuecada de las personas bien mayores.

“Si tocan la puerta baja un vigilante y les abre. Ahí siempre hay un médico de turno”, nos había dicho el médico que lo atendió en el Clínico. Pero no apareció nadie en el Ipasme.

Ya eran las dos de la mañana, así que no había otra que regresar al Clínico, a buscar al buen doctor de salida ciega. Joaquín había querido pasarse al carro de sus sobrinos, más cómodo. Poco antes había pedido que le agarran la mano, que las tenia dormida y le dolía el pulmón derecho, se quejaba con voz entrecortada y clamaba al cielo.

De vuelta al Clínico, uno de los porteros nos acompaña a buscar al mismo doctor. Entonces aparece una jefa de enfermeras con la solución: a las dos y media de la mañana es el cambio de turno y alguna enfermera que todavía no haya entrado en contacto con pacientes de coronavirus podría pasarle el suero intravenoso para hidratar al señor Joaquín. Mientras tanto que esperara en el carro con sus sobrinos, para evitar la zona del covid-19.

Los dejamos ahí y llevamos a su hermano Antonio a la casa que cuidan ambos. En el camino, ya comenzaban a hacerse filas de vehículos en las gasolineras de la zona, a la espera de que abrieran por la mañana.

Joaquín logró regresar a su casa cerca de las ocho de la mañana, acompañado por sus sobrinos. El tratamiento comenzaba a hacer efecto, había logrado orinar y estaba más calmado. Desde la ventana, horas después, nos hizo una seña y dijo unas palabras de agradecimiento por la compañía.

La noche había sido como el parto de una piedra, como haber salido a un campo de batalla con una feroz amenaza, sin forma clara, revoloteando sobre nuestras cabezas.

Caracas, especial para Clarín

CB​